Todos nosotros, de alguna manera, tenemos una deuda de gratitud con nuestros antepasados, quienes lucharon incansablemente para que hoy podamos disfrutar de las libertades y oportunidades que tenemos. Este éxito que muchos creen ser solo suyo en realidad es un reflejo de los sacrificios realizados por nuestros padres, abuelos y bisabuelos, quienes trabajaron arduamente, a menudo enfrentándose a adversidades inimaginables. Su esfuerzo y perseverancia nos han permitido acceder a una educación que les fue negada, explorar lugares a los que ellos nunca pudieron viajar, y soñar con un futuro que ellos solo podían imaginar. Así, el camino que recorrieron se convierte en la base sobre la que construimos nuestras vidas y sueños actuales. Agradezcamos siempre a esos héroes invisibles que, con su trabajo y sacrificio, nos han permitido florecer en este mundo.
En este sentido, quiero rendir homenaje a mi abuela Lucía, una mujer cuya vida está llena de lecciones valiosas y que, a través de su entrega en Piononos & Tortas, no solo me enseñó sobre negocios, sino también sobre la vida. Trabajar a su lado en nuestra pequeña empresa durante los años ochenta fue una experiencia gratificante que me permitió conocerla no solo como abuela, sino también como una empresaria incansable. Su pasión por hacer piononos y su deseo de proporcionar el mejor futuro posible para su familia fueron las piedras angulares de su vida. Lucía no sólo era una mujer trabajadora; era una soñadora que creía firmemente en el poder del esfuerzo y la dedicación. Le debo tanto, y mi gratitud hacia ella es interminable.
Lucía nació en Aguadas, un pintoresco pueblo de Caldas, Colombia, en 1933. Su vida se convirtió en un ejemplo de resistencia y coraje después de quedar viuda a los 22 años con dos hijas que cuidar. Con su firmeza, migró al Valle del Cauca en búsqueda de mejores oportunidades, un movimiento que sugiere un intento sosificado por salvaguardar el bienestar de su familia. A pesar de las dificultades, Lucía nunca se dio por vencida y, años más tarde, encontró un nuevo amor en mi abuelo Miguel. Juntos construyeron una vida llena de amor y trabajo duro. Lamentablemente, ella nos dejó en 2001, pero sus lecciones siguen vivas en cada paso que doy y cada desafío que enfrento.
Una de las tradiciones familiares más ricas es la preparación de los piononos, un pastel que ha pasado de generación en generación. Este delicado postre, elaborado con una base de bizcochuelo y relleno de manjar blanco y brevas caladas, es símbolo de nuestra historia familiar, que ya cuenta con más de 100 años de legado. En mis días de emprendimiento con mi abuela, no solo aprendí sobre la calidad y el esfuerzo, sino también sobre cómo una buena estrategia de comunicación puede transformar un producto en un símbolo de celebración. Recuerdo cómo hacíamos un seguimiento exhaustivo de los cumpleaños entre mis compañeros de universidad para ofrecerles nuestros piononos, y con un simple llamado logramos conectar y aportar un toque especial a sus celebraciones. En esa época, esta idea innovadora nos permitió destacar y obtener reconocimiento en un concurso de emprendimiento, un momento que marcaría un hito en nuestras vidas.
Las lecciones que mi abuela me dejó son atesoradas en mi corazón: la calidad por encima de todo, la importancia de estar siempre preparados para servir, y la necesidad de tener un propósito claro en nuestro trabajo. Aprendí que la alegría es esencial, no importa lo dura que sea la situación. Esa filosofía de vida me ha acompañado en cada paso que doy. Y mientras mi tía abuela Luz María continúa esta hermosa tradición de los piononos, añadiendo mensajes que narran nuestra historia, celebro la riqueza de nuestra herencia familiar. En su historia reside un profundo sentido de comunidad y pertenencia, un recordatorio constante de que somos parte de un legado que debemos honrar y continuar compartiendo con el mundo.












